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miércoles, 12 de marzo de 2008

BRUCE TRENCH ... y sus ostiones vivos


Bruce Albert Trench, es un pionero en el cultivo marino en el norte del país y toda una leyenda entre quienes han oído hablar de sus ostiones vivos y listos para ser degustados por los visitantes.

Nació en Chañaral, flamenquino de corazón, caleta donde hace 25 años comenzó con el cultivo de ostras, piures, ostiones, cholgas entre otros productos marinos y ya lleva 10 años con sus ostiones en el sector de Calderilla.

Su amistosa personalidad y su apasionado modo de hablar, propio de las personas que aman lo que hacen, nos invito a sumergirnos en una entretenida conversación mientras contemplábamos una hermosa vista marina.

Durante todo el año vende mariscos vivos, una iniciativa original.

-En un momento de mi vida tuve que empezar de nuevo y se me ocurrió esa idea-

El ostión tarda de año y medio a dos años en madurar. Todos los días los visito. Abajo existe otro mundo, es apasionante, ahí me siento más cómodo que aquí afuera. He entrado al mar miles de veces y cada vez veo algo nuevo. Así es el mar de extraordinario, en un cm2, cuando el agua esta turbia, existen más de un millón de algas unicelulares, lechuguitas minúsculas y cientos de animalitos. Bajo el agua, moverse desde aquí hasta el bote, 30 mt de distancia, es todo un viaje, imagínate lo que debe existir en los fondos marinos.

El sistema de cultivo consiste en utilizar líneas con bollas puestas a cierta distancia de las cuales cuelgan las linternas (canastos donde se cultivan los ostiones), para evitar ser depredados por otros seres vivos, y aprovechar los beneficios de las columnas de agua. En el mar todos se comen todo, de un ostión salen 60 millones de huevos, pero son pocos los que llegan a adultos, con el cultivo, tratamos de ampliar esa brecha.

Lamentablemente, nos cuenta que el agricultor marino es un gremio muy desprotegido.

“En el mar esta el alimento y el combustible de la tierra. Hace como 20 años atrás me invitaron a un encuentro internacional en Canadá, y Chile era el país que la llevaba en tecnología, sólo en Inglaterra estaban innovando en técnicas nuevas de reproducción de ostiones. Habían europeos, chinos, etc. y nosotros, éramos potencia, lamentablemente ahora no somos nada. Hace más de seis años que no entra sabia nueva a los pequeños cultivos marinos, como gremio nos estamos envejeciendo”.

Nos cuenta que a pesar de que existe la carrera acuicultura, los engorrosos y costosos trámites legales, son un impedimento para que salgan nuevos agricultores marinos. En la zona están organizados y no son más de 20 personas y la mayoría lleva entre 10 a 20 años en el negocio.

La conversación estaba tan entretenida que por poco olvidamos a lo que vinimos. Bruce bajó hasta la orilla, sacó unos ostiones. Sólo le agregamos limón y la verdad es que son exquisitos, comer mariscos más frescos… imposible.

De seguro volveremos pronto, ¡hasta luego Bruce!

lunes, 28 de enero de 2008

Don Julio Arredondo




Le sucedió a un amigo, con urgencia necesitaba reparar el desastre que un betún líquido había dejado en sus zapatos, y así llego a ver si un verdadero experto podría solucionar su problema. Se dirigió a la plaza de armas de Copiapó y luego de la cordial invitación de un señor de mirada serena, se sentó en el banco de la esquina. – “Amigo mío, ¿que le echó a sus zapatos?” -, -betún líquido – respondió. – “¡Cómo se le ocurre, eso no se hace ni por nada del mundo¡” - . Así comenzó una entretenida charla, entre mi amigo y don Julio Arredondo Flores.

Don Julito (81), como le llaman hoy sus amigos, nació en Santiago en 1926. Dueño de un gran talento musical heredado tal vez por su padre quien perteneció a los “Cuatro Huasos”. Comenzó a cantar y a tocar la guitarra a temprana edad, avalado por su buena voz y un reconocido prestigio como guitarrista, hizo su carrera en una época muy romántica.

Al no existir la televisión, la radio era el medio de difusión por excelencia, de esa forma en numerosas ocasiones don Julio realizó presentaciones en radios como: Radio Corporación, Radio Minería, Radio Cooperativa de Valparaíso entre otras. Trabajó además en Radio Corporación con David Acevedo, colaborando como guitarrista en un famoso programa de cantantes aficionados.

“En esos tiempos nos juntábamos 100, 200 músicos en la esquina de Alonso Ovalle con San Diego, los empresarios cuando necesitaban de nuestros servicios nos encontraban allí”- Así se formaban orquestas ocasionales y los músicos recibían propuestas para actuaciones y giras a lo largo del país.

“Celebrábamos a Santa Cecilia, recuerdo tocar el 22 de noviembre en el Caupolicán a teatro lleno”

“Nos subíamos al tren y éramos verdaderos ídolos, ¡aquí, aquí¡ decía la gente, aquí hay asiento, nos peleaban para hacerles compañía.”

“Hace 60 años que vivo aquí, soy copiapino, soy más copiapino que cualquiera”.

Fue así como hace 60 años llegó a Copiapó, aún recuerda aquella noche- “¡Estaba todo oscuro¡”- Y claro, en ese entonces no existía luz eléctrica y lo que más le llamó la atención fue la cantidad de coches que había por esos años.

Como todo buen músico interpretaba variados estilos y ritmos musicales de la época, ya sea como cantante o guitarrista de grupos “formados a la aventura”, pero su pasión fue sin duda el Tango.

Como nombre artístico utilizó el apellido materno “Julio Flores” y entre los dúos que más recuerda está el que formó con otro gran músico de aquella época, José Ávila. Ambos planeaban ir a Bolivia, pero finalmente José tuvo que viajar solo ya que don Julio se quedó en Copiapó para cumplir su servicio militar.

Posteriormente y ya radicado en forma definitiva en la región, don Julio se une a otro colega, don Carlos Ibarra quien tocaba el bandoleón, instrumento muy difícil de encontrar en la zona, y tuvieron bastante éxito como intérpretes de tango.

“En las ciudades donde estuve fui un verdadero ídolo, en Valparaíso, Calera, La Ligua, Santiago, eso se llama ser ídolo de cada pueblo, sin prensa, sin radio sin nada de eso, yo realmente sentía la música”

Don Julio inauguró, desde el gran Teatro Central, la primera radio de Copiapó, “Radio CA 121”, en transmisión con Radio Minería de Santiago.

“Tocamos en todas partes, en quintas, hoteles, en el Club Social, Club Radical, en el apogeo de los bailes de El Salvador y Potrerillos. Éramos los regalones porque siempre lo más difícil ha sido el tango”.

Por aquellos años conoció a su mujer y fue padre de 4 hijos, curiosamente ninguno heredó el talento musical.

En la década de los 70´s, con la llegada de la televisión, las fiestas con música envasada y otros cambios, hicieron que don Julio, al igual que otros músicos de la época, abandonara paulatinamente los escenarios. Así fue como Julio Flores (artista) decide dar un paso al lado para darle cabida a la juventud.

“Porque el músico no es conocido como el artista, es todo lo contrario, el músico es el artista, sin embargo el artista se lleva la gloria y la plata, no el músico”,

“el músico de antes era grande, era gran señor, no teníamos por que tocar en la calle, tocábamos por sueldo, en una quinta, en un baile o en un cabaret, después vino la era moderna que sé yo, que el rock, que acá que allá y listo, ahí me retiré”. “Después trabajé como comerciante, había trabajado en la agricultura, y hasta fui minero, y cuando el trabajo se fue complicando para los viejos, me vine a trabajar a la plaza, hace 10 años que estoy acá”

-Qué increíble su historia don Julio, apuesto a que aún toca su guitarra.-

No, ya no me gusta tocar ni cantar, me gusta oír música nomás, a veces canto pero muy a lo lejos, y sólo junto a la familia”

Días después, mi amigo volvió a saludar a don Julio y esta vez llevó con él una guitarra de madera, notó cierta incomodidad al recibirla pero luego aceptó posar para una fotografía. Las manos de don Julio comenzaron a dibujar acordes con una técnica intacta, acto seguido, y como sin darse cuenta, improvisó por escasos segundos una hermosa melodía ...

Sin duda, mi amigo aprendió mucho más que un betún líquido podría causarle daños a sus zapatos.

domingo, 27 de enero de 2008

ViVa Fajardo y su vino copiapino

Uno de los productos característicos de la zona es sin duda, el vino copiapino.

Me preguntaba del origen de este noble elixir y fui a buscar las respuestas a donde las uvas queman, me refiero donde “Fajardo”.

Cámara en mano me dirigí a media mañana al callejón el Inca con calle Los Carrera donde vive don Celestino Fajardo, uno de los últimos y mas auténticos productores de vino de la región.

Estaba entre vino o chicha pero opté por el primero. Qué mejor que un litro de vino copiapino añejo para compartir con los amigos. Enseguida me ofrece un cortito de degustación va en busca de mi botella.

El lugar es muy especial, se respira a campo. Es como si la ciudad que avanza urbanizándolo todo, haya hecho a una tregua con esta estancia manteniéndola intacta con el pasar de los años.

La sala de ventas es una pieza con una única ventana con barrotes de fierro fundido, en cuyo interior se almacenan unas cuantas botellas de chicha, vino rosé, tinto y añejo.

Una banca de madera sombreada por un enorme palto y otros árboles hacen de la estadía un verdadero relajo desde donde se puede leer un letrero a modo de advertencia:

“La mujer que se emborracha con añejo copiapino es muy seria con su marido, y se ríe con el vecino”

En eso regresa don Celestino con mi vinito entre sus manos y entablamos una agradable charla.

Don Celestino Fajardo Troncoso nació en el valle de Copiapó un 21 de septiembre de 1923. Miembro de una familia minera, labor que también ejerció desde los 14 a los 17 años.

Entre los años 40 al 73 trabajo en la estación de ferrocarriles en pleno apogeo de la era de las locomotoras, desempeñándose como ferroviario maquinista de locomotoras a vapor y más adelante las diesel.

En 1944 compró la estancia donde actualmente vive y produce su vino.

Fue por el año 47 donde don Celestino o Chelo, como le dicen sus amigos, comienza a experimentar y aprender, de manera autodidacta la elaboración de la chicha y el vino.

En los comienzos su producción bordeaba los 200 litros al año. Hoy cuenta con 6 hijuelas (terrenos) las que le permiten alcanzar una producción anual de 20 mil litros, donde claramente en el mes de septiembre, las ventas se disparan al doble de el resto de

los meses.

Haciendo un poco de historia, nos cuenta que a mediados del siglo pasado, el vino que se consumía en la región y en el norte del país era traído desde el sur y a muy alto precio lo que motivó a los productores locales a entrar en el negocio.

Así nacieron las grandes producciones de don Carlos Porchile, la Hacienda Toledo, Jotabeche, entre otros, quienes más adelante, con el “boom” de la exportación de la uva paulatinamete cerraron sus viñas.

Esto dio vida por otra parte a la aparición de nuevos productores como los señores: Alberto Contreras, José Revello, Chicardini, Juan Reinueva, Pedro Ávila, Cirilo Heredia, Nacif Vichara, Oscar Troncoso, entre otros, que de forma más artesanal y en menores cantidades dieron vida a lo que hoy conocemos como el delicioso vino copiapino.

Hoy don Celestino Fajardo tiene 84 y orgulloso se siente de sus 6 hijas (todas profesionales), 13 nietos y 2 bisnietos. Es de esperar que continúen la producción como tradición familiar para seguir deleitándonos por generaciones.

Don Orlando


Una soleada tarde, caminé por calle Atacama, en búsqueda de mi entrevistado. Me encontré con una casa común y corriente, típica del centro de Copiapó y luego de golpear la puerta, salió a mi encuentro su Hija Tamara. Muy amablemente me invitó a pasar a la sala, donde mágicamente sentí como si hubiese atravesado un vortex del tiempo. Me encontré súbitamente rodeado de muebles, pinturas y objetos de varios siglos atrás, estaban bañados con una iluminación tenue, regalada por un pequeño tragaluz en la entrada principal.

Al preguntar por don Orlando Aróstica, su hija me acompañó hasta el patio de la casa, donde está ubicado el taller en el que desarrolla su labor. Me saludó muy cordialmente y su manera sencilla me hizo sentir muy cómodo.

En ese momento trabajaba en la restauración de una silla de Viena del siglo XVIII estilo Reina Ana, las que están hechas en madera de haya europea, y de las cuales existen aproximadamente 98 estilos diferentes. Al preguntarle sobre su procedencia, me comentó que estas fueron traídas al país en barco, durante el siglo XVIII y principios del siglo XIX, en la época de apogeo de las salitreras y del Mineral de Chañarcillo.

Don Orlando, padre de dos hijos, se dedica a este trabajo desde hace 10 años. Anteriormente era comerciante de ropa y chaquetas de cuero y pieles, las que importaba desde Argentina, pero la llegada de las grandes tiendas perjudicó su negocio en los años 90. En ese tiempo tenía en el patio de su casa unas sillas antiguas que necesitaban restauración, lo que le significaba un alto costo monetario, este hecho sumado a la dificultad económica, lo hizo decidirse a aprender en forma autodidacta el oficio, a través de revistas. Hoy en día se ha transformado en todo un experto en la reparación de todo tipo de muebles antiguos, muchos de ellos en un principio comprados a particulares o regalados por conocidos, aunque también ha realizado trabajos a pedido a importantes familias y personajes de la región, incluso a la suegra del pianista Roberto Bravo.

Haciendo un alto en su trabajo, y de regreso al interior de la casa, me mostró parte de su valiosa colección la cual está conformada por sillas estilos victorianas, Cruz Montt, arrimos con espejos de cristal de roca y mármol de carrara, figuras talladas en hueso de ballena de Capo di Monti, platería fina, camas estilo Eduardina y marquesas de bronce italiano de 1910.

Sentados sobre la Historia

La particularidad de Don Orlando es que, a diferencia de muchos otros coleccionistas y restauradores, utiliza cotidianamente los muebles sin ningún inconveniente, lo que hace sentir a los invitados como parte, aunque sea por un instante, de la historia. También, ha recibido ofertas de compra o peticiones de préstamos de los muebles de universidades y particulares, ofertas a las que se ha negado rotundamente, y sólo mantiene algunas piezas a la venta, como un paragüero de caoba de 2 metros de alto y de más de 100 años, que vende a $150.000, o un cuadro de gran valor histórico de 100 x 80 CMS de un presbítero de Copiapó enmarcado al fuego (polvos de oro) y pintado en 1907 por el destacado pintor Miguel Gormaz a la venta en tan sólo a $100.000. Además, las numerosas sillas de Viena que posee en su colección las ofrece a $40.000 la unidad.

Las sillas llegan, la mayoría de las veces, deterioradas por el paso del tiempo y el abandono, debido a que han estado por mucho tiempo relegadas en los patios de las abuelas. El proceso de restauración comienza con el lijado de las nobles maderas, el cual le toma aproximadamente un día de trabajo. Al día siguiente, se inicia la etapa del enjuncado, que es sin duda, la labor mas fina que realiza y la que le llevo más tiempo dominar. Finalmente, aplica un lacado “al muñequeo” (laca, diluyente y piroxilina) sobre la pieza el cual le devuelve la belleza que tenía en sus inicios.